JARDIN DE INVIERNO CAMPESINA Ausencia MUJER, NADA ME HAS DADO IVRESSE
Llega el invierno. Espl��ndido dictado me dan las lentas hojas vestidas de silencio y amarillo. Soy un libro de nieve, una espaciosa mano, una pradera, un c��rculo que espera, pertenezco a la tierra y a su invierno. Creci�� el rumor del mundo en el follaje, ardi�� despu��s el trigo constelado por flores rojas como quemaduras, luego lleg�� el oto�0�9o a establecer la escritura del vino: todo pas��, fue cielo pasajero la copa del est��o, y se apag�� la nube navegante. Yo esper�� en el balc��n tan enlutado, como ayer con las yedras de mi infancia, que la tierra extendiera sus alas en mi amor deshabitado. Yo supe que la rosa caer��a y el hueso del durazno transitorio volver��a a dormir y a germinar: y me embriagu�� con la copa del aire hasta que todo el mar se hizo nocturno y el arrebol se convirti�� en ceniza. La tierra vive ahora tranquilizando su interrogatorio, extendida la piel de su silencio. Yo vuelvo a ser ahora el taciturno que lleg�� de lejos envuelto en lluvia fr��a y en campanas: debo a la muerte pura de la tierra la voluntad de mis gerruinaciones.
Entre los surcos tu cuerpo moreno es un racimo que a la tierra llega. Torna los ojos, m��rate los senos, son dos semillas ��cidas y ciegas. Tu carne es tierra que ser�� madura cuando el oto�0�9o te tienda las manos, y el surco que ser�� tu sepultura temblar��, temblar��, como un humano al recibir tus carnes y tus huesos -rosas de pulpa con rosas de cal: rosas que en el primero de los besos vibraron como un vaso de cristal-. La palabra de qu�� concepto pleno ser�� tu cuerpo? No lo he de saber! Torna los ojos, m��rate los senos, tal vez no alcanzar��s a florecer.
Apenas te he dejado, vas en m��, cristalina o temblorosa, o inquieta, herida por m�� mismo o colmada de amor, como cuando tus ojos se cierran sobre el don de la vida que sin cesar te entrego. Amor m��o, nos hemos encontrado sedientos y nos hemos bebido toda el agua y la sangre, nos encontramos con hambre y nos mordimos como el fuego muerde, dej��ndonos heridas. Pero esp��rame, gu��rdame tu dulzura. Yo te dar�� tambi��n una rosa.
Nada me has dado y para ti mi vida deshoja su rosal de desconsuelo, porque ves estas cosas que yo miro, las mismas tierras y los mismos cielos, porque la red de nervios y de venas que sostiene tu ser y tu belleza se debe estremecer al beso puro del sol, del mismo sol que a mi me besa. Mujer, nada me has dado y sin embargo a trav��s de tu ser siento las cosas: estoy alegre de mirar la tierra en que tu coraz��n tiembla y reposa. Me limitan en vano mis sentidos -dulces flores que se abren en el viento- porque adivino el p��jaro que pasa y que moj�� de azul tu sentimiento. Y sin embargo no me has dado nada, no se florecen para mi tus a�0�9os, la cascada de cobre de tu risa no apagar�� la sed de mis reba�0�9os. Hostia que no prob�� tu boca fina, amador del amado que te llame, saldr�� al camino con mi amor al brazo como un vaso de miel para el que ames. Ya ves, noche estrellada, canto y copa en que bebes el agua que yo bebo, vivo en tu vida, vives en mi vida, nada me has dado y todo te lo debo.
Hoy que danza en mi cuerpo la pasi��n de Paolo y ebrio de un sue�0�9o alegre mi coraz��n se agita: hoy que s�� la alegr��a de ser libre y ser solo como el pistilo de una margarita infinita: oh mujer -carne y sue�0�9o-, ven a encantarme un poco, ven a vaciar tus copas de sol en mi camino: que en mi barco amarillo tiemblen tus senos locos y ebrios de juventud, que es el m��s bello vino. Es bello porque nosotros lo bebemos en estos temblorosos vasos de nuestro ser que nos niegan el goce para que lo gocemos. Bebamos. Nunca dejemos de beber. Nunca, mujer, rayo de luz, pulpa blanca de poma, suavices la pisada que no te har�� sufrir. Sembremos la llanura antes de arar la loma. Vivir ser�� primero, despu��s ser�� morir. Y despu��s que en la ruta se apaguen nuestras huellas y en el azul paremos nuestras blancas escalas -flechas de oro que atajan en vano las estrellas-, oh Francesca, hacia d��nde te llevar��n mis alas!